Decir que sí a todo no es ambición, es la forma más rápida de no ejecutar nada bien.
A medida que una compañía crece, ocurre algo que en un primer momento parece una buena noticia y que, sin la disciplina adecuada, se convierte en uno de los mayores riesgos del propio crecimiento: aparecen más oportunidades de las que la empresa puede ejecutar bien. Nuevos clientes, nuevos mercados, nuevas líneas de producto, alianzas posibles. Y cada una de ellas, tomada de forma aislada, parece razonable decir que sí.
El problema no está en ninguna oportunidad concreta. Está en que todas compiten, al mismo tiempo, por las mismas personas, el mismo capital y la misma atención directiva. Y parte del oficio del CEO, uno de los menos glamurosos y de los más determinantes, consiste precisamente en decir que no antes de que el sistema se llene de trabajo que nadie puede sostener con la calidad necesaria.
Una decisión de peso empieza por preguntarte a qué renuncias si dices que sí, y termina en un cuadro de mando reducido a lo poco que de verdad exige tu intervención.
Antes de decidir, pregúntate qué estás decidiendo realmente.
Una parte considerable de las decisiones importantes que llegan a la mesa de un CEO no se toman mal por falta de información, se toman mal porque nunca se formuló con precisión qué se estaba decidiendo. Se discute alrededor del tema durante horas, con matices y opiniones cruzadas, y al final se aprueba algo que ni siquiera todos los presentes entienden de la misma manera.
Hay un puñado de preguntas que utilizo, casi de forma mecánica, antes de dar por buena cualquier decisión de peso: qué estamos decidiendo realmente, en una frase; qué ocurre si no hacemos nada, porque a veces esa opción ni siquiera se ha considerado en serio; y, sobre todo, a qué renunciamos exactamente al decir que sí, porque toda decisión relevante cierra alguna otra puerta, aunque nadie la nombre en la sala. Esta última pregunta es, de las que utilizo, la que con más frecuencia cambia el resultado de la conversación, porque obliga a hacer visible el coste de oportunidad que normalmente queda implícito.
No hace falta convertir cada decisión en un proceso largo. Hace falta que, para las decisiones que de verdad importan, alguien en la sala se atreva a hacer estas preguntas en voz alta antes de que el entusiasmo del momento decida por todos.
Qué no delegarías nunca, y qué deberías dejar de absorber.
Aquí está, para mí, una de las distinciones más útiles y menos trabajadas por los comités de dirección que conozco: no es lo mismo lo que un CEO no debería delegar nunca que lo que un CEO debería dejar de absorber progresivamente. Confundir ambas categorías produce dos problemas opuestos y ambos costosos: CEOs que sueltan decisiones que solo ellos pueden tomar con criterio, y CEOs que siguen absorbiendo tareas que ya deberían estar resueltas por otros.
Hay un núcleo de decisiones que, en mi experiencia, sigue necesitando implicación directa del CEO por mucho que crezca el equipo directivo: la estrategia de fondo, la cultura de la organización, la composición del propio equipo directivo, las decisiones de capital relevante, las relaciones con los clientes verdaderamente críticos, las grandes inversiones, las alianzas estratégicas y el talento que va a ocupar las posiciones más determinantes. El objetivo, en todos estos casos, no es mantener distancia con el equipo. Es mantener altura suficiente para ver lo que solo se ve desde ahí.
Y hay, al mismo tiempo, un conjunto de trabajo que un CEO debería dejar de absorber a medida que la empresa crece, y que con frecuencia sigue absorbiendo por costumbre más que por necesidad: aprobaciones rutinarias que ya deberían estar resueltas por el nivel adecuado, seguimientos que no tienen un propietario claro y que por eso terminan cayendo sobre él, coordinación que en realidad debería ocurrir directamente entre responsables sin necesidad de pasar por arriba, y la reconstrucción de información que debería estar ya disponible sin tener que pedírsela a nadie.
La lista completa de las siete preguntas que utilizo antes de cualquier decisión de peso, junto con la plantilla para clasificar tu propio trabajo entre lo que no delegarías y lo que deberías dejar de absorber, forma parte de la guía completa.



