Decir que sí a todo no es ambición, es no ejecutar nada bien
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Decir que sí a todo no es ambición, es no ejecutar nada bien

Monica Berges
Decir que sí a todo no es ambición, es no ejecutar nada bien

Decir que sí a todo no es ambición, es la forma más rápida de no ejecutar nada bien.

A medida que una compañía crece, ocurre algo que en un primer momento parece una buena noticia y que, sin la disciplina adecuada, se convierte en uno de los mayores riesgos del propio crecimiento: aparecen más oportunidades de las que la empresa puede ejecutar bien. Nuevos clientes, nuevos mercados, nuevas líneas de producto, alianzas posibles. Y cada una de ellas, tomada de forma aislada, parece razonable decir que sí.

El problema no está en ninguna oportunidad concreta. Está en que todas compiten, al mismo tiempo, por las mismas personas, el mismo capital y la misma atención directiva. Y parte del oficio del CEO, uno de los menos glamurosos y de los más determinantes, consiste precisamente en decir que no antes de que el sistema se llene de trabajo que nadie puede sostener con la calidad necesaria.

Una decisión de peso empieza por preguntarte a qué renuncias si dices que sí, y termina en un cuadro de mando reducido a lo poco que de verdad exige tu intervención.

Antes de decidir, pregúntate qué estás decidiendo realmente.

Una parte considerable de las decisiones importantes que llegan a la mesa de un CEO no se toman mal por falta de información, se toman mal porque nunca se formuló con precisión qué se estaba decidiendo. Se discute alrededor del tema durante horas, con matices y opiniones cruzadas, y al final se aprueba algo que ni siquiera todos los presentes entienden de la misma manera.

Hay un puñado de preguntas que utilizo, casi de forma mecánica, antes de dar por buena cualquier decisión de peso: qué estamos decidiendo realmente, en una frase; qué ocurre si no hacemos nada, porque a veces esa opción ni siquiera se ha considerado en serio; y, sobre todo, a qué renunciamos exactamente al decir que sí, porque toda decisión relevante cierra alguna otra puerta, aunque nadie la nombre en la sala. Esta última pregunta es, de las que utilizo, la que con más frecuencia cambia el resultado de la conversación, porque obliga a hacer visible el coste de oportunidad que normalmente queda implícito.

No hace falta convertir cada decisión en un proceso largo. Hace falta que, para las decisiones que de verdad importan, alguien en la sala se atreva a hacer estas preguntas en voz alta antes de que el entusiasmo del momento decida por todos.

Qué no delegarías nunca, y qué deberías dejar de absorber.

Aquí está, para mí, una de las distinciones más útiles y menos trabajadas por los comités de dirección que conozco: no es lo mismo lo que un CEO no debería delegar nunca que lo que un CEO debería dejar de absorber progresivamente. Confundir ambas categorías produce dos problemas opuestos y ambos costosos: CEOs que sueltan decisiones que solo ellos pueden tomar con criterio, y CEOs que siguen absorbiendo tareas que ya deberían estar resueltas por otros.

Hay un núcleo de decisiones que, en mi experiencia, sigue necesitando implicación directa del CEO por mucho que crezca el equipo directivo: la estrategia de fondo, la cultura de la organización, la composición del propio equipo directivo, las decisiones de capital relevante, las relaciones con los clientes verdaderamente críticos, las grandes inversiones, las alianzas estratégicas y el talento que va a ocupar las posiciones más determinantes. El objetivo, en todos estos casos, no es mantener distancia con el equipo. Es mantener altura suficiente para ver lo que solo se ve desde ahí.

Y hay, al mismo tiempo, un conjunto de trabajo que un CEO debería dejar de absorber a medida que la empresa crece, y que con frecuencia sigue absorbiendo por costumbre más que por necesidad: aprobaciones rutinarias que ya deberían estar resueltas por el nivel adecuado, seguimientos que no tienen un propietario claro y que por eso terminan cayendo sobre él, coordinación que en realidad debería ocurrir directamente entre responsables sin necesidad de pasar por arriba, y la reconstrucción de información que debería estar ya disponible sin tener que pedírsela a nadie.

La lista completa de las siete preguntas que utilizo antes de cualquier decisión de peso, junto con la plantilla para clasificar tu propio trabajo entre lo que no delegarías y lo que deberías dejar de absorber, forma parte de la guía completa.

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Un cuadro de mando reducido a lo que de verdad importa.

Cualquier compañía en crecimiento termina generando un cuadro de mando con mucho detalle, y ese detalle es necesario para quien gestiona la operación día a día. Pero el CEO no necesita ver todo ese detalle cada vez que se sienta a revisarlo. Necesita algo distinto: un puñado reducido de preguntas que le permitan decidir, con rapidez, si debe entrar en un tema, si solo debe preguntar, o si debe dejar que el sistema siga trabajando sin él.

Algunas de esas preguntas son bastante estables de una empresa a otra: si se está generando valor económico y caja de verdad, si se está ganando el tipo de trabajo que la empresa quiere seguir repitiendo en el futuro, y si los líderes de cada área están ganando autonomía real o siguen dependiendo de que él intervenga. Otras son más específicas de cada momento del negocio. Lo que importa no es la lista exacta, es el hábito de reducir un cuadro de mando complejo a las pocas preguntas que de verdad determinan si hace falta intervenir hoy.

Un ejercicio breve: la próxima oportunidad que te propongan

Te propongo un ejercicio para la próxima vez que te llegue una oportunidad que parezca razonable aceptar: antes de decir que sí, escribe en una sola frase qué estás decidiendo realmente, y en otra sola frase, con la misma honestidad, a qué estás renunciando exactamente si aceptas. Si no eres capaz de responder a la segunda pregunta con precisión, todavía no tienes suficiente información para decidir bien, por muy atractiva que parezca la oportunidad en ese primer momento.

Una nota personal.

Todo lo que he compartido en esta serie no es una receta cerrada. Es simplemente lo que a mí me ha ido funcionando a medida que mi propia empresa ha ido creciendo.

Me ayuda tener una conversación mensual con alguien que ya ha pasado por ahí y que no tiene ningún problema en ponerme firme cuando hace falta. Me ayuda un comité de dirección en el que exista cierta pelea sana entre pares, y donde yo no entre necesariamente con la respuesta ya decidida. Me ayuda sentarme trimestralmente con un grupo de personas que eleva muchísimo el nivel de la conversación. Y una vez al año procuro salir del día a día con un espacio que me obligue a pensar en otras cosas, y con otra gente distinta a la habitual.

También procuro reunirme cada mes con otros empresarios y profesionales. No porque nuestros problemas sean idénticos, sino porque la carga que llevamos se parece. Hay algo muy liberador en hablar con alguien que entiende la responsabilidad sin que tengas que explicársela desde cero.

En la agenda trabajo unas tres semanas por delante. Meto primero mis obligados personales, familia y deporte y protejo los momentos en los que mejor rindo para las tareas que más valor requieren. Después entra el resto. No siempre sale exactamente así, evidentemente, pero me obliga a decidir dónde quiero estar antes de que el día lo decida por mí.

Y sigo intentando aprender, parte técnica y parte que aparentemente no tiene nada que ver con el trabajo. Porque, al final, muchas de las mejores decisiones aparecen cuando conectas dos cosas que antes veías separadas.

El sistema completo

La siguiente etapa de cualquier compañía en escalado no necesita que su CEO cargue más. Necesita que cree las condiciones para que la organización pueda cargar más sin él.

Eso significa generar dinero con responsabilidad, dedicar tiempo consciente a entender el mercado, y construir un equipo capaz de decidir y ejecutar sin depender de una sola persona. Y significa también cuidar el sistema personal que sostiene todo lo anterior: energía, perspectiva, aprendizaje y relaciones de confianza.

La evolución no ocurre de golpe. Se parece más a subir escalones: cada vez que el sistema gana capacidad, el CEO puede subir un poco la altura desde la que trabaja. Y desde ahí aparece una perspectiva distinta sobre la compañía que se puede construir.

Esta serie ha recorrido, bloque a bloque, los cuatro pilares que sostienen ese sistema. Si has llegado hasta aquí sin leer los anteriores, te recomiendo empezar por el negocio y el mercado, el punto de partida de todo lo demás.

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La Inteligencia Artificial no es un proyecto tecnológico más, es un sistema y supone un cambio transversal de la compañía.

Si estás valorando cómo afecta la IA a tu empresa, cómo ordenar tus procesos, cómo preparar una operación de inversión o cómo elevar el criterio de tu equipo directivo, este es un buen punto de partida.